‘Tisalaya’ de piedrecitas higroscópicas y flores

‘Tisalaya’ de piedrecitas higroscópicas y flores

  • Domingo, 7 Julio, 2019 - 08:00
  • Rasa Strankauskaite
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Hoy quiero hablarles de una isla donde las erupciones volcánicas del siglo XVII marcaron un camino para la viticultura y de un vino diferente para el disfrute de los sentidos

Este vino me ha regalado buenos momentos en las catas que organizamos en nuestra vinoteca en San Cristóbal de La Laguna, Tenerife. El proyecto se llama Tisalaya, este vino recuerda que tienes que elegir un camino y correr riesgos con el corazón para que no le falte alma. Lanzarote es una de las islas afortunadas, posee una árida belleza con sus bajitas y magnéticas montañas en forma de camello.

Una isla requemada, donde predomina el color de cenizas negras y casitas blancas con ventanales azules y verdes en la costa. Cada vez que retorno a la isla y la piso, me recargo de energía y de optimismo y con ello surge la magia que me recuerda que todo es posible.

Una isla que tenía unas enormes plantaciones de trigo y otros cereales, pero que un día fue arrasada por el fuego. Entre 1730 y 1736 sucesivas erupciones volcánicas cubrieron de lavas gran parte de Lanzarote, desapareciendo los pueblos y las tierras de cultivo. Debido a esto, el campesino ha conseguido reinventarse y sobrevivir. La capacidad de adaptarse era la única salida en una isla tan magnética por sus vientos constantes. Siempre hay una salida buscando el suelo apto para cultivar. El viticultor supo adaptarse, incluso fue capaz de construir un paisaje tan singular.

Cavar agujeros de hasta 2 metros de profundidad y buscar el suelo primitivo hizo darse cuenta que el lapilli (los isleños lo llaman rofe) esas pequeñas piedritas (también conocidas como picón) ayudan a conservar la escasa humedad. Resulta que son piedrecitas higroscópicas, que atraen el agua y la conservan en su interior. Existen hoyos, donde la capa de lapilli obliga a formar un cono invertido para acceder al suelo agrícola. Al mismo tiempo la profundidad del cono protege la vid del viento. Por eso la humedad natural es tan valiosa para las viñas, donde no llueve y debe sobrevivir al sol ardiente.

En Lanzarote también se supo reconocer la grandeza del campesino. Es tanto, que existe un espacio dedicado a la labor del campesino ¡El monumento del campesino!

El monumento al Campesino es un museo dedicado a la voluntad y a la historia de la agricultura en la isla. Ahí he podido degustar las batatas y lentejas de Inés, inolvidables. Antes de cruzar la Geria, una se da cuenta de que estamos rodeados de algo mágico, donde nada es fácil y todo cuesta más, donde todo parece entrega y sufrimiento, pero es amor pro lo nuestro.

¿Quizás el hombre ha hecho un pacto con la madre naturaleza? Puede ser, y por eso el agricultor sin agua, encuentra la manera de plantar viñas y mantiene esa tradición. Es un jardín espectacular que emociona.

Las viñas en zanjas, en hoyos o chabucos dependiendo de la capa de lapilli, donde el hombre con sus manos hace un semicírculo de pared de piedra, protegerán cada viña de los vientos. Para mí es un lugar único en el mundo. La tierra es desértica con viñedos donde la densidad es baja, próxima a las 286 plantas por hectárea (con un total aprox. de 5.255 hectáreas), donde la gran protagonista es la malvasía volcánica en los suelos jóvenes volcánicos, donde el campesino encontró una salida contra el fuego para embotellar unos vinos singulares.

Alrededor de 2 a 3 millones de kilogramos de uva son cosechados cada año, esto nos confirma que cuando se lucha todo es posible. Viñedos singulares con labores manuales y la imposibilidad de mecanización, donde soplan los alisios constantes obligan colocar cortavientos (algunos individuales), donde el viticultor sigue luchando con las manos curtidas y se embotellan vinos singulares.

Como el vino ‘Tisalaya’ de Miguel Morales Morin que catamos a continuación. El nombre es de origen guanche y en la etiqueta ya indican que el vino es artesanal y original. El viticultor y bodeguero Miguel heredó viñas viejas adquiridas por su padre Pablo Morales para embotellar vinos.

Destacamos el capricho de elaborar variedad en una isla donde la estrella indiscutible es la malvasía volcánica. Pero ellos decidieron hacer un blanco singular de uvas de dos parcelas.

Una de ellas, arrendada en Juan Bello y la otra propia de viñas viejas de 1,5 hectárea. La bodega familiar se encuentra en Tinajo con un lagar con vigas de madera. El vino se hace sin muchos tratamientos ni movimientos, con la ayuda del reconocido enólogo Carlos Lozano. Es un vino con crianza de 9 meses sobre sus lías en acero inoxidable, un vino blanco con finura, jugoso y refrescante hasta infinito.

Vijariego en Tenerife, Diego en Lanzarote o Bujariego en La Palma es la misma variedad de uva bajo distintos términos según la isla. En península se cultiva bajo el nombre de Vijiriega y según Simón Rojas (1807) procede de la vid griega. Tiene gran potencial por su elevada acidez total, alto contenido en ácido málico y bajo pH.

Los expertos dirán que la cata descriptiva no tiene sentido. Es cierto que el vino evoluciona, depende de tantas cosas… de la temperatura, de las copas, del estado de ánimo. También existen descripciones que algunas mentes cerradas no admiten. Pero sí tiene sentido descubrir y sentir el vino si eres de los corazones que viven el momento.

Si quieren escapar de la rutina, si les gusta soñar con un vino incluso darse cuenta que lo imposible no existe, este es vuestro vino. Descorchar acompañado de alguien es obligatorio, el vino es la bebida más noble de todas y nace para compartir el momento, la vida. Elegí mi profesión hace mucho para provocar las ganas de descorchar, me seduce ir contracorriente y volverme loca hablando sobre un vino que merece la pena, describir algo que se consigue con tanto esfuerzo de una familia de viticultores.


‘Tisalaya’ de piedrecitas higroscópicas y flores

 

Tisalaya 2017 100% Diego (vijariego) de cepas viejas. Hacia donde el corazón se inclina, nuestros pies caminan y esta vez vamos hacia un vino que refleja el terruño, te lleva donde nace. Gotas de suelos volcánicos, de clima subtropical, de azotes del viento, de sulfitos, de imperfección, de irregularidad a 250 msnm, de tensión de viñas supervivientes de más de 90 años, de amor profundo de una familia.

Toca abrir una botella vestida con el diseño que presume, desde hoyos y rofe de César Manrique con símbolos dorados del sol y vientos. Añada 2017 ha dado unas 1.500 botellas.

El vino sabe envejecer, pero hay pocas botellas. Si te haces con una eres un gran afortunado, cierra los ojos con una copa, abre y siente la fuerza de Diego.

Aparece un dorado precioso de sol ardiente, con un brillo de ambiciones y sueños por cumplir. En la copa vibrante, lleno de aire fresco y de rusticidad, no se cansa de dar, entrega aromas más dispares de salvia, de jengibre, de flores blancas, aparecen recuerdos de humo y esas piedrecitas higroscópicas.

Un mar con espuma salada. En la boca es plenitud de sabores envolventes, salinos y sabrosos, con cada sorbo quieres más. No puedes dejar de beber. Con calma, cuando el vino es tuyo, cuando se hace parte de ti cada sorbo te permite sentir persistencia, tensión, textura, un placer que sabe a la tierra requemada, a las condiciones adversas y mar bajo a las raíces de sus cepas, a vivir sin agua dulce. Parece un sufrimiento, pero no lo es, es amor.

Tisalaya no eres fácil pero mereces la pena, eres un vino de mi lista de vinos que merecen ser vividos.

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‘Tisalaya’ de piedrecitas higroscópicas y flores

 

 

 

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