¿Y dónde quedaron los restaurantes de carretera?

¿Y dónde quedaron los restaurantes de carretera?

  • Sábado, 3 Noviembre, 2018 - 08:00
  • Antonio Luis González Núñez
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Cuando oí por primera vez ese término fue a mi abuelo y era muy niño, el concepto estaba muy bien delimitado. Ahora, con el paso del tiempo, con los nuevos modos de vida y la expansión gastronómica a nivel mundial las cosas han cambiado bastante.
 
Esta ‘gastroburbuja’ que vivimos hace que ya se haya perdido el encanto de aquellos restaurantes de carretera y casas de comida que eran frecuentados por camioneros, transportistas y trabajadores, estratégicamente colocados para que nadie pasara hambre. Con una zona de aparcamiento de tierra y, donde desde lejos se podía ver el humo de las chimeneas, el olor a comida por los alrededores alimentaba.
 
Con el paso del tiempo todo cambia y evoluciona. Se ha perdido ese romanticismo por otras alternativas como las estaciones de servicio, los ‘selfservices’, los buffet de cocina y, más recientemente, hasta las grandes cadenas de comida rápida apuestan por ponerse en los cruces de las autopistas y autovías para entrar en el reparto del pastel de la guerra por el comensal que transita por las carreteras.
 
Será el estilo de vida que tenemos, el estrés que acumulamos o la falta de tiempo, los principales factores que han hecho que sea algo casi normal que a la salida del camino, antes de llegar a destino o a medio camino de nuestro trayecto, paremos en una gasolinera a que pueda repostar nuestro estómago.
 
Este simple acto de alimentarse no creo que se pueda comparar con aquellos restaurantes, casas de comidas ni bares de carretera en los que sabíamos que tenían buena cocina, una cocina tradicional, platos caseros y aparcamientos al margen de la carretera a reventar de camiones, cabezas tractoras, tráiler y furgones de reparto.
 
Ahora ya no es lo mismo, ya que simplemente se trata de picar algo, aliviarse y estirar las piernas para continuar el camino en el mínimo tiempo posible. Una pulguita de jamón, un bocadillo de pollo, un croissant o un donut con un café pedido de mil maneras para desayunar; una tapa de ensaladilla, arroz amarillo, croquetas o un menú rápido a precio competitivo para comérselo y volar. Sin tiempo de nada, tan solo de engullir la comida, sin valorar nada que no sea el servicio expreso y la calidad mínima para no tirarle el plato delante del comensal.
 

Habremos ganado en rapidez, diseño y sofisticación pero hemos perdido en calidad, servicio y atención al cliente. Apostemos por recuperar esas costumbres adaptadas a los tiempos modernos, pero los comensales deben exigir esa atención y esa calidad.
 
Debemos lograr también que esa experiencia gastronómica sea un recuerdo en la retina de los niños para generaciones futuras. No estaremos haciendo las cosas bien cuando industrializamos y protocolizamos todos los procesos en pro de un beneficio directo y una rentabilidad económica, que hace que perdamos nuestra idiosincrasia y nuestra forma de ser.
 

 

 

 

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