Un vendedor de la felicidad

Opinión | Sábado, 6 Febrero, 2016 - 21:45 | Rasa Strankauskaite ( @RasaPuraVida ) |

 
Un@ sumiller vende felicidad, cultura, psicología. Lo primero para vender el vino es amarlo. Para vender hoy en día con tantas ofertas competitivas se necesita diferenciarse del resto, ofrecer experiencias únicas. Para ello, hay que contratar a un@ profesional ilusionad@ con vocación y amplios conocimientos de gastronomía. Hoy no se puede fallar, no se perdonan errores ni poniendo una 'coqueta' con labios de rojo carmín intenso. El cliente cada vez exige más, todo el mundo sabe cocinar, se apunta a los cursos, se viaja por la cultura gastronómica. Por ello, necesitas ser diferente, sentir el vino, saber transmitir el placer en una mesa, saber vender la felicidad.
 
El vino es complejo, es largo y difícil de explicar, pero fácil de sentir. Un@ sumiller que ama su profesión es buen comunicador, sabe emocionar con distintas experiencias como maridajes con estilo diferente, estudia las técnicas de la cocina, conoce las texturas y aromas de los productos para recomendar un vino que resalte todas las virtudes, con mucha sicología, sin clases magistrales y nunca engañando a sus clientes. Sabe transmitir el alma del vino, convertir el acto de comer y beber en cultura placentera.
 
Claro, contratando un@ sumiller se incrementa la oferta eligiendo según el perfil de los clientes y la filosofía del local: tés, cafés, sales, aceites, mieles, puros, quesos, licores, vinos, destilados... Miles de detalles más. Con ello, se arregla la facturación.
 
Aquí, en Santa Cruz de Tenerife, tenemos un ejemplo para esa moda tremenda del gin-tonic. No en todos los lugares te apetece repetir. Para conseguir un gran gin-tonic también se necesita narices, hay que oler y catar. Para mezclar una ginebra hay que descubrirla como es, no se puede añadir de todo elaborando un potaje y arruinando la fórmula lograda por un maestro. No es de extrañar que Chema Gin Club esté a tope porque detrás está un gran y humilde sumiller.
 
El vino es lo que es. La bebida más noble de todas, incapaz de mentir. Con cada sorbo cuenta lo que es pero para descubrir sus secretos y mensajes ocultos hay que saber servir según el protocolo, con arte y técnicas de servicio, como en copas correctas a la temperatura adecuada, abrir la botella sin golpes... El vino tiene alma, algunos necesitan respirar, otros airearse, unas condiciones de guarda. Una botella no es igual que otra y si lo es, está muerto. Por lo tanto, una vinoteca, como un restaurante, necesita la media naranja del chef, un cómplice; es decir, un@ sumiller.
 
No pretendo enseñar nada a nadie, solo quiero dejarles una reflexión sobre qué poco se valora, a veces, la labor de un@ sumiller y cuánto aporta a un negocio.
 
Soy una sumiller afortunada, que ama lo que hace. Pretendo seguir vendiendo la felicidad, contagiar mi pasión por el vino. Escuchar los latidos de mis clientes me hace feliz y seguir compartiendo mis catas y maridajes. Cuando más compartimos, más se multiplica.
 
 

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