El vino en la buena mesa

El vino en la buena mesa

  • Martes, 19 Mayo, 2020 - 08:00
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El vino caro no es sinónimo de bueno, al igual que barato no lo es de malo. La calidad no la marca el precio. Los consumidores se quejan de que lo que pagan por los caldos en los restaurantes no se ajusta a la realidad del mercado ni a la situación económica. Cualquiera puede ver los precios en los lineales de los supermercados y comparar. El establecimiento compra al mayor, como profesional, a un precio inferior al minorista y vende a otro muy superior en la sala.
 
Los empresarios de hostelería se quejan de que no se vende vino y culpan de ello a la crisis. El vino, la cerveza, los refrescos e, incluso, el agua debe ser un elemento que enriquezca la oferta gastronómica, un pilar en la propuesta del restaurante. Es claro que un buen vino que complemente y potencie los sabores de la comanda enriquecen la apuesta del chef. O sea, los maridajes buenos.
 
Cuando el vino es solo un elemento más para encarecer la factura y aumentar el beneficio del establecimiento no habrá rotación del producto, que envejecerá, perderá calidad y no se venderá. De la otra manera, aumentarán las ventas, crecerá la satisfacción del cliente, se incrementará el consumo y todos ganarán y el cliente, satisfecho, se fidelizará.
 
La realidad es que lo que manda es el bolsillo. Entre un Ribera de Duero y un Rioja vendido al precio que se vende y un vino canario, que en carta aparece más caro, la elección se le pone más fácil al comensal. Los viticultores y productores locales se justifican y se justifican hablando de mano de obra más cara, de que la vendimia aquí no es mecánica, que las materias (etiquetas, vidrio, corcho…) hay que importarla y otras cuestiones más. ¡Vale! Pero, ¿y la calidad? ¿Es tanta como para pagar lo que paga el consumidor si quiere un vino canario?
 
Una cosa sí que empieza a jugar en su favor. Hace un tiempo que las cartas empezaron a saturarse de vinos importados de las zonas de prestigio con marcas desconocidas o no relevantes para la generalidad. Encima, a precios propios de los vinos de clase media alta. Como si se tratara de engordar la cuenta de resultado, porque esos vinos se consumen y se pagan. Algo está fallando.
 
El vino más caro no siempre es el mejor y no podemos dejarnos influir por falsas percepciones o precios psicológicos. Debemos aprender a tomar buenas decisiones de compra, tanto restauradores como clientes, los unos estructurando sus bodegas para que se ajusten a sus cartas gastronómicas, que las complementen y prestigien; los otros, sabiendo maridar y dejarse aconsejar por buenos profesionales que no se limiten a abrirles el vino y dejarlo en la mesa. Estamos ante una oportunidad de oro para poder prestigiar lo canario ahora y poner en valor el producto local.
 
Hay que tener también la curiosidad de aprender poco a poco a elegir buenos vinos a buen precio (esta labor es personal), disfrutar del mundo de la enología y aficionarse a las buenas cosas de la vida.
 
 
 

 

 

 

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